La humanidad de Tassos

Este año viajé a Europa del Este. Es un este que lleva tiempo tratando de ser como el oeste. Será por la migración o por la fragilidad económica, desde fuera parece la Europa sin fortuna, una eterna aspirante al distintivo de avance y belleza que luce la zona occidental.

Cuando llegas allí percibes cierta holgura legislativa. La burocracia deja de ser omnipresente. Puedes alquilar un coche por whatsapp. En cuestión de una hora te lo acercan hasta la puerta de la casa, firmas un papel en cirílico, depositas una fianza de 200 euros y dices adiós con la mano o ‘chau’, que en Bulgaria significa lo mismo que en una barriada de Buenos Aires. Todo bien. No haces preguntas y ellos tampoco. 

Esta confianza alimenta la osadía. Arrancas el coche, cruzas la frontera griega, llegas a la costa, lo metes en la bodega de un ferry y desembarcas en una isla del Egeo. Pongamos que se llama Tassos, que está bañada por un agua turquesa que acaricia playas de mármol, un teatro griego, una puerta dedicada a Zeus, un templo a Hércules y otros vestigios de la época del poeta Arquiloco. Estas ruinas apenas están protegidas, son como una casa más, solo que abandonada: ocupan un solar entre terrazas donde cuelga la ropa o donde se apilan sillas de plástico descoloridas. Están rodeadas por una valla de jardín, redoblada por el sol y el tiempo, que separa las ruinas de las motos pero no de los gatos ni de los niños, cuyos pasos evitan que muchas de ellas se pierdan entre la vegetación. Los turistas también campan a sus anchas por estas calles milenarias: abrazan y coronan los tambores y capiteles tallados, convirtiéndolos en mártires de Instagram.

Este carácter salvaje y descuidado también se refleja en la geografía. La isla es un pico de 1028 metros, así que la mayoría de su población se agolpa en la línea costera. Los que nos guiamos por la tecnología y confiamos en que aquí nada es lo suficientemente serio, nos atrevemos a cruzarla con un Fiat Croma (alquilado). No le damos la suficiente importancia a que la mayoría de coches que se alquilan en los pueblos son 4×4, que el centro de la isla es un parque natural y que a partir de los ocho kilómetros ya no se ven cabras. Vale más lo que dice Google: que la carretera es mejor que cualquiera de la Galicia rural. Incluso aunque lleves cuatro kilómetros inclinando el coche entre rocas, confías en que la ruta mejorará y se ajustará a la calidad que dibuja el GPS.

Pasan las horas, sigues haciendo rugir los bajos del coche. Por suerte la radio funciona; la cadena nacional emite un programa ininterrumpido de música griega tradicional. El folclore confunde los golpes con exotismo, resta importancia a lo que en cualquier otro escenario dinamitaría la resignación de atravesar un camino de cabras y no ver salida. El sol, las vistas al mar, la música (esa bandurria y la voz de dientes separados) te convencen de que intentes disfrutar de la naturaleza, que es exuberante. Te bajas a deleitarte con las vistas desde la cima de la isla. El paraíso te convence, te da igual llenar el coche de mierda, el enfado de haberte tirado una hora y media de travesía por un camino empedrado se evapora cuando llegas a esa playa de arena blanca, bañada por un manto liso de agua que confunde su color con el cielo. Luego incluso te animas a celebrarlo con una cerveza en el pueblo. El día ha sido bueno, aventurero, lo que buscabas.

Para rematar, mientras los últimos tragos de cerveza embellecen la vista del mar, sueñas con despedir el sol desde el agua, a los pies de ese apartamento alejado de todo, y después cenar en la terraza, sin alejarte más de 20 metros de ese horizonte de agua. Piensas en verdura y pescado fresco de la isla.

Entonces te subes al coche y no arranca. 

Tampoco a la tercera. 

Tratas de mantener la calma, y utilizas la técnica de los que no tienen ni puta idea de mecánica: tomar aire, dejar reposar el coche e intentarlo marcando perfectamente el tempo. Tampoco lo arregla. Entonces tu cabeza te dice, con la misma serenidad que tú has tratado de arreglar la situación, que es sábado, ocho de la tarde y que mañana has quedado en devolver el coche (alquilado) a unos 400 kilómetros, mar entre medias incluido. Esa misma cabeza colapsa. La vida te pasa factura.

Vuelves del shock. Ni te molestas en mirar los talleres en Google porque a esas horas todo está cerrado. Preguntas en el supermercado que hay al lado de tu coche. Un cajero con cresta y gafas llama a otro empleado, que después de mirar el panorama llama a la encargada y la encargada a otro empleado más rechonchete. Este sale a la calle, mira el coche, le dice a un chaval que pasa por allí que haga una llamada. El chico te dice que, si quieres, llama a un mecánico del pueblo. 

El mecánico, que dijo que tardaría 10 minutos y ya van 15, viste con ropa falsa y pretenciosa, tiene los dientes mal alineados y las manos gruesas y negruzcas porque ya no se le va el aceite después de tantos años.

El coche tiene roto la palanca para abrir el capó. Él arrima la oreja sobre el motor y te dice que es el starter. Entonces, tú, desde tu desconocimiento, le preguntas si es posible arrancarlo empujando, y él, a duras penas, con un inglés gutural, te explica que al ser automático eso no funciona. 

Te dice que se lo lleves a su taller el lunes, que tendrás que pagar la grúa y que si tienes suerte lo podrá arreglar (por unos 100 euros).

Tu cabeza suma las cuentas con el corazón en la mano. Sientes que algo ha quebrado, como si acabaras de perder el trabajo o presenciar la mayor de las infidelidades. Te duele pensar la situación pero no puedes evitar darle otra vuelta, que no será la última: debes devolver el coche al día siguiente en perfecto estado. Resulta que has cruzado la frontera, que te lo has cargado, que es sábado y que al día siguiente no se trabaja. Y que te han hablado de unos 250 euros. Esto lo repasas unas quince veces tratando de ver dónde está el fallo que te exime de culpa, la puerta que te libera de esta pesadilla. Te entra prisa por saber quién paga esto. 

Sacas el contrato en cirílico. Intentas descifrar su contenido con una app de Google que lo traduce con una foto. Te cuesta, lo lee mal y saca frases como “un jabalí en tanga violeta repartirá la cena del colegio”. Al final preguntas a la gente si alguien habla búlgaro. Andas sin cabeza, cargando con esos vegetales que te ibas a comer en una terraza de la que ya solo piensas escapar. Te ves delante de un bar, tratando de no molestar a los que ven un Real Madrid – Valladolid. Piensas en lo que te gustaría poder disfrutar de algo tan nimio como es ver un partido. Piensas en la buena señal que es poder hacerlo. Una niña traduce tu inglés al griego para que una camarera traduzca del búlgaro al griego y a ti te llegue en inglés. Hay un veredicto: no podías sacar el coche de la frontera. 

Te lo aseguran.

Te acuerdas de tu osadía. 

Te maldices.

Vagabundeas por la ciudad esperando despertar de una pesadilla. Le das vueltas al coco, tratas de idear cómo llevar el coche a Bulgaria y hacer ver que todo ha pasado allí: hay que meterlo en el ferry y de allí a la frontera. Necesitarías dos grúas y convencer a los del barco de que te dejen armar todo el pitote. Calculas a ciegas ¿unos 400, 500 euros? Vuelves a resoplar, ahora más profundo, más sentido. Piensas en que el jueves tienes que presentar en Plovdiv (Bulgari) un proyecto que aún no está terminado. Incluso piensas en el sábado siguiente, que vuelas a España. Le sumas un dinero que aún no sabes bien cuánto será pero que ya asusta y tienes tu ‘odisea griega’.

Llamas al mecánico a ver si por lo menos te puede mirar el coche mañana, domingo. Te responde eso: “que es domingo”. Le dices que por favor, que tus ahorros, tus vacaciones, tu trabajo, tu vuelta a casa, tu salud y tu vida dependen de ello. Te llama al rato. Que sí. Que lo espera mañana en el taller, que llames al de la grúa. 

Se lo agradeces de rodillas, aunque estés hablando por el móvil.

Vas a la oficina de policía para que hagan de intermediarios y traductores con el tipo de la grúa. Te lo hacen, te buscan un sitio donde puedas alquilar una moto. El chico que las alquila ya ha cerrado pero le intentan localizar llamando a su móvil personal. No hay suerte, pero te consiguen un taxi y se ofrecen a que les dejes la llaves para que no tengas que venir mañana desde el otro lado de la isla solo para abrir el coche. 

Le agradeces cada gesto. 

Al final cenas un kebap mientras planteas la conversación con los búlgaros que te alquilaron el coche. Tanteas decirles que estás en Bulgaria. Tanteas no decírselo. Acabas el kebap, llamas y les dices la verdad. Les dices que no sabías que no lo podías sacar y que tampoco sabes búlgaro para leer el contrato. Él dice que no sabía que tú no aplicabas un razonamiento lógico y que deberás pagar todos los costes. Te da dos días para llevar el coche. 

Duermes mal. Al día siguiente vuelves hasta el pueblo. Ayudas al tipo de la grúa mientras un vecino que pasaba por allí hace de director de tráfico. Luego te subes en una cabina donde no puedes poner un pie sin pisar una herramienta. Llegas a las 9.30 de la mañana de un domingo al taller de Kostas. Él está esperando vestido con el mono de trabajo. Todo listo. Empujáis el coche hacia la rampa de altura. Tú, el de la grúa, Kostas y su padre (un señor mayor que viste de domingo como quien lo hace todos los días y peina como si se cortase el pelo cada día desde que ganó su primer sueldo).

Luego Kostas mira el coche. Te mira. Te dice que vengas. Te metes debajo de la rampa con él. Salen dos o tres arañas por tu espalda. Él no se inmuta, tú tratas de concentrarte en la Odisea que tienes por delante. Estás en el albor de un veredicto del que depende tu salud mental y económica. Kostas te señala hacia arriba con la cabeza, tú ves esos dientes desde una perspectiva que confirma que en su casa la ortodoncia fue un lujo innecesario. 

Después de señalarte hacia arriba, de mirar a tamaña oscuridad, de explicarte el mecanismo y de casi no entender nadar, Kostas te suelta el veredicto: es peor de lo que pensaba. El starter está roto, no desligado. Amagas con desmayarte. Él te sonríe y dice que igual juntando piezas de alguno que tenga por ahí puede arreglarlo. Mantiene una sonrisilla de padre salvador, te dice que estés tranquilo, que es probable que haya solución, y apuntilla que este coche no es para meterlo por caminos, o al menos el que va hasta Marble Beach. Como ya conoce tu drama, te dice que laves bien el coche, antes de entregarlo, lo que sigue alimentando tus esperanzas en sus expectativas para solucionarlo.

En una hora te llama para decirte si lo puede arreglar. Te vas a la playa, ya no ves el agua turquesa, ni notas el abrazo del sol, ni la luz colándose por los árboles. Te has dejado el cerebro y los sentidos en el taller. La arena es una sala de espera de hospital.

Te llama. Tiene arreglo, pero no estará hasta al día siguiente por la mañana. Necesita ir por la tarde a la ciudad costera a por las piezas. Te ofreces, pero no, va él, no te preocupes. Vas al taller. Te explica que le faltan dos piezas que se han salido del starter. El padre señala las ruedas. Estaban mal, muy lisas. No te las deberían haber dado así. Ahora están fatal, llenas de huevos al haber estado horas golpeándose con las piedras. Hace gestos de que si vas a Bulgaria con ellas reventarán por la carretera. Por un momento te da igual saltar por los aires en una carretera si es búlgara. Aún así, le preguntas a Kostas. Las ve. Quizá no llegas. Insistes en que no tienes dinero y él encuentra una solución: cambiar las de atrás por las de delante y las izquierdas por las derechas. Respiras.

Tranquilizas a los búlgaros. Te das una vuelta por la isla. Vas a la playa. Duermes en la orilla. Duermes mejor que el día anterior. 

Es lunes. Kostas te llama a las 9. Te dice que ya lo ha arreglado. Te cobra 100 euros, no añade ni un euro más por trabajar en domingo, marearle, poner tu coche por delante de otros siete, conseguir las piezas… Quieres abrazarle. Él te recomienda que vayas despacio y te indica la dirección de un amigo suyo que te cambiará las ruedas. Insistes en que casi no tienes dinero. Te dice que no te preocupes.

Cuando llegas, el amigo abre una sombrilla, desempolva unas sillas de jardín y te dice que esperes ahí, que son 15 minutos. El hombre ronda los 60. No está casado y habla un poco de español porque le encanta viajar a Latinoamérica. Este año se va a Cuba. Repite que no está casado. 

Cambia las ruedas. Te cobra cinco euros que van destinados a su aprendiz, que es quien se ha manchado las manos.

Te montas en el coche. Se te ha olvidado la factura, así que vuelves a donde Kostas. Le pides una documento donde explique la reparación. Hace un escrito a boli en una cuartilla de papel y lo grapa a la factura. No sabes cómo agradecer su humanidad. Lo mejor que se te ocurre es arrancar el coche, meterte en el ferry y sacar de allí, despacio y temeroso hasta la frontera búlgara, tu estúpida mentalidad digitalizada. Dejar que el este siga siendo este, y salir de allí antes de contaminarlo todo.