Manos ancianos

Los héroes no vuelven

Suenan cuatro acordes.

Las ocho, dice un señor de unos 80 años, que mira desde su viejo sillón cómo atardece en Elda. No recuerda cuánto tiempo lleva viendo al sol ocultarse por detrás de la iglesia de Santa Ana.

¿Quién dijiste que era?, le pregunta una mujer corvada y menuda, sentada frente a él haciendo ganchillo ¿Schubert?

Debussy, dice él sin volver la mirada de la cúpula de la iglesia. Claro de luna.

Ah, suspira Marisa sin levantar la vista ni saber cómo continuar alargando la conversación y hacerle ver a Antonio que está ahí para comentar cualquier asunto que a él le parezca, por tonto que sea. Mientras, remata con destreza el bordado de un babero en el que ya se puede leer Toni. un body de poco más de 30 cm en el que se puede leer el nombre de ‘Toni’ bordado.

No quiero irme así, Mari. Esta no es forma de morir.

Posiblemente esa sea la única conversación que a Marisa no le apetece seguir. Posiblemente, la única a la que no sabe cómo hacer frente.

Entonces levanta la mirada del bordado y ve lo que queda de Antonio hundido en su sillón, el rastro de un hombre al que ya no le queda cuerpo para rellenar sus huecos. Ve el intento de su marido por concentrar las pocas fuerzas, que hacen temblar su labio inferior, pero que acuden a sus ojos vidriosos para intentar retener que el miedo y la tristeza se le escurran por la cara.

A ella la lágrima le pilla por sorpresa. Por ver cómo Antonio se impulsa con la punta del pie hacia arriba, cómo se agarra a los brazos del asiento y cómo inclina la cabeza hacia el techo para no romper a llorar.

Marisa se levanta para que él no la vea llorar. Deja el bordado sobre la mesilla del salón, junto a al tramadol y la metadona, que evitan que los últimos días de Antonio sean un suplicio, y se va hacia el mueblecito de madera, a hacer que busca el dedal de plata. Se seca las lágrimas mientras mira a la vidriera y se da cuenta de que lo que hay detrás es su foto de bodas. Son otro Antonio y otra Marisa. Siente que ya no queda nada de aquellos jóvenes en ese salón silencioso, donde dos ancianos apuran su última luz.

Que canción tan triste, dice ella.

Esa noche Antonio apenas cenó y Marisa se acostó sabiendo que no iba a dormir. Vio la Sierra del Sit en primavera, los campos coloridos de su falda. Vio allí a su padre acariciando el pelo ceniza de La Cendra, aquella burrita que tanto ayudó a todo el pueblo en esos años duros. Recordó la alegría de las muchachas al llevarle el agua a sus padres, maridos y hermanos. Y volvió a ver a aquel chico de pelo negro y fuerte, sudando, con el pecho lleno, pero las manos finas, y esa sonrisa inteligente que enseguida se les ponía a aquellos que habían estudiado en la ciudad.

Al día siguiente Marisa se plantó en casa de Juan el carnicero para ver si le podía dar un poco de carne picada de magro de cerdo, que aunque supiese que solo abría el fin de semana, igual le podía “fer el favor”. Se fue hasta las afueras de la ciudad, a casa de su amiga Rosa, a ver si tenía unos pocos piñones. Y antes de llegar a casa, paró en casa de su vecino Román y le pidió por favor si su hijo Andresito podía tocar esa tarde la sonata para piano de Schubert.

Aquella tarde no sacó la aguja de gancho ni el vestido de bebé. Después de recoger la mesa, empezó a desmigar pan, amasar la carne con huevos, limón, perejil, piñones, sal y pimienta. Hundió sus manos huesudas y nerviosas en la masa hasta hacer las fasiuras que siempre habían acompañado a la gente de esas tierras en los momentos de celebración.

Marisa no apareció en el salón hasta las ocho menos diez de la tarde. Llevaba recogido el pelo con unas horquillas que debían ser de su nieta porque tenían brillantina, se había dado colorete sobre las mejillas y un toque carmesí en los labios. Llevaba los pendientes esmeralda de la boda y un collar a juego que le había regalado Antonio cuando nació su hija Marina.

¿A dónde vas?, le preguntó Antonio.

Marisa se sentó en su sillón. Frente a Antonio. Te he querido mucho Antonio y he sido muy feliz a tu lado.

Antonio hizo un esfuerzo por ponerse derecho. Pero no encontró la forma de traducir aquellas palabras, de entender qué estaba tratando de decirle su mujer.

Nada. Antonio. Solo quería decírtelo.

Pum…Pum… Pum…punpun…pun…

Schuber. Le dijo ella.

Marisa se levantó, sobre unos tacones a los que ya no estaba hecha ni ella ni sus pies. Pasó sus brazos por debajo de los de Antonio y tiró de él para liberarlo del sillón. Él apenas podía ponerse de pie. Tranquilo, le decía ella. Apóyate, yo te llevo.

Marisa y Antonio arrastraron con cuidado sus pies por las tablillas del parquet, meciéndose en la luz del atardecer. Bailaron sobre la excusa que un día dio paso a sus deseos y les permitió soltarse sobre los brazos del otro.

Me han dicho que cantas muy bien. ¿Quién te lo ha dicho? Lo dicen todos en el pueblo. Um, no sé si suficientemente bien para un músico… No soy músico. Bueno, rectificó un Antonio de mirada viva, lo soy, pero realmente más que músico soy un historiador de la música. Marisa respondió sonriendo sin motivo alguno, ¿Y para qué sirve estudiar la historia de la música? Pues para entender lo que significan los sonidos. Mira ven, le dijo Antonio mientras acercaba la aguja del gramófono en aquel teatro del pueblo, donde ya apenas quedaba gente.

Pum…Pum… Pum…punpun…pun…

¿Quién es? Preguntó Marisa

Schubert, dijo él.

¿Y qué dice?

Que ha nacido el Romanticismo.

¿El romanticismo? Respondió Marisa sin saber muy bien qué significaba eso.

Significa esto, dijo Antonio mientras agarraba su mano y daba un paso hacia adelante, chocando sus caderas como si fuera por accidente, dejando su mano, grande y comedida en su cintura. Déjate llevar, le dijo.

52 años después era ella quien sostenía los pasos de Antonio.

Aquel día Antonio volvió a probar el sabor de aquellos días de amigos y familia, y durmió a gusto hasta que Marisa le despertó a las 4 y media de la mañana.

Qué pronto hoy, dijo él.

Marisa le ayudó a bajar hasta el coche; le pasó el cinturón, mientras él le preguntaba si iba a saber conducir. Bueno, respondió ella, vamos despacio.

¿A dónde?

A ver lo que vas a dejar Antonio.

Esa madrugada, un Seat Córdoba avanzó despacio por la noche del interior del Levante, descendió la sierra, huyendo en la oscuridad para recibir al sol en la costa. A las 6 de la mañana, de un jueves de confinamiento, aparcó en el Carrer Devesa de Alicante, a la altura del número 23. Marisa llamó al 2º C.

¿Sí? Respondió una voz ronca, despertada a golpe de susto.

Somos nosotros.

Marina colgó el telefonillo, el cielo había empezado a llenarse de morado, corrió el ventanal de la terraza, salió a una humedad fría y salina y miró hacia abajo.

Vio a su madre huesuda, tapada con un abrigo de hombreras que aún la hacía más pequeña; vio a su padre, consumido, luchando por mantenerse erguido sobre la puerta del coche; y supo que aquellos dos héroes habían salido para no volver.

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